a
on el sonido
te, creí que seguía soñando -por favor, que siguiera soñando-, pero no. El fuego se había reducido a
ntos y silenciosos. Mi corazón latía tan fuerte que est
ces l
s o siete de ellos, acec
en la suave luz de la mañana. Sus movimientos eran bruscos, antinaturales, como si apenas pudieran mantenerse en pie. Algunos er
s. Hay más
el aire, girando la cabeza hacia mi hueco. M
abían capta
y ojos como brasas- dejó escapar un aullido escalofriante. L
go at
cia el hueco. Las raíces del árbol me proporcionaban algo de protecci
Kally.
s garras. Me abalancé hacia adelante, asestando un tajo con mi cuchillo. La
na, pero sus dientes no me tocaron la piel por apenas centímetros. Vo
e, aferrada al cuchillo mientras la manada me rodeaba. Sus gruñidos llenaban
realmen
ganta. La sangre salpicó, y el lobo se desplomó en el suelo, retorciéndose, pero aú
paraba para saltar. Retrocedí, respirando entrecortadamente.
rar esto. Mi panorama era
ellos. No pude pele
a a m
, apuñalándolo hacia arriba con el cuchillo. La hoja se hund
staba d
as definitivamente
i espalda chocó contra un árbol y me apreté contra él,
enorme cuerpo se p
onces
po se r
para protegerme la cara. Mi grito, crudo y
te era el moment
pe mortal n
erribándolo con un estruendo atronador. El lobo negro cayó al suelo, gruñendo y agitánd
con su pelaje reluciente como la nieve bajo la tenue luz de la mañana. Se dirigió directo hacia uno de l
arecieron
determinación, con fuerza y gracia. Su pelaje brillaba en tonos plateados, blancos, grises oscuros, grises negruzcos y rojizos; sus ojos, s
os haciéndolo. Uno distrajo a un cambiaformas mientras otro se lanzaba a
fue más rápido. Se agachó ante el ataque, apretando con sus enormes fauces el cuello del lobo negr
en el sitio. El bosque rebosaba de ruidos de batalla: gru
dientes en la garganta de la criatura. No se detuvo a saborear la
n cao
ni por qué me ayudaban, pero no ib
elta y salí
de la pelea se desvanecía tras de mí. La adrenalina me impulsaba ha
or
bajas y saltando sobre troncos caídos. Los árboles empezaron a
estrecho arroyo corría por el centro, con aguas cristalinas y brillantes. Su
r un par de
llas. Al llegar abajo, me desplomé de rodillas junto al arroyo, con el
nto me perm
l torrente del arroyo. Me temblaban las ma
cinco lobos enormes y hermosos. No eran como los cambiaformas con los que había luch
para pensarlo. Necesi
Miré hacia atrás, ladera arriba, casi espe
osque est
ra, est
raba, pero de algo estaba segura: no podía deten
eso aún fu
aba otr
d, desesperada por encontrar algo útil. Y entonces vi una ram
pero, pero era grueso y sólido, y tenía u
de una po
probando su peso en las manos. Era más lig
ído para captar cualquier sonido. Seguía sin confiar en el silenci