No. La primera vez que sus caminos se cruzaron fue en el una sala gris y sombría de una prisión de máxima seguridad, donde el eco de los pasos res
ente, como el sol que nunca se dejaba ver a través de las rejas. La luz era escasa, y la humedad, constante. Sin embargo, para Endrys, era solo otra
preparado para conocer a
su visita. Aquel hombre, conocido en el bajo mundo y en las altas esferas por igual, estaba recluido en una prisión de máxima seguridad acusado de un crímen que pesaba más de los que muchos aseguraban tenía en su
uardia la condujo a través de un pasillo oscuro, las luces parpadeaban levemente y las sombras parecían moverse por sí mismas. Endrys mantuvo la m
ugar solo paredes había a su alrededor. Apenas un par de sillas enfrentadas, una mesa metálica entre ellas. Estaba allí, sentado en una silla, con la mirada fija en ella. Omar Vitale
imponente, inc
imularlo. Su rostro, afilado como un cuchillo, estaba tan imperturbable como el entorno en el que
onó en la habitación, pese a ser casi
, controlada, casi un susurro que se sentía
oso. Había escuchado los rumores, las historias susurradas entre abogados y fiscales. Un hombre que se había ganado el
le -le resp
más cómoda, y eso lo divertía. No dijo nada más. Simplemente la observ
era vez que se encontraba con un hombre intimidante, pero había algo en la presencia de Vitale que no podía ignorar.
n la esperanza de firmar un contrato más oneroso que el primero que había firm
ca de la ciudad. Todo en ese ambiente reflejaba poder, precisión... peligro. Un hombre
o si la formalidad fuera un juego del que él decidía cuándo participar. Sus dedos largos y firmes sostenían un vaso de whisky. Cuando sus ojos gr
asi una advertencia disfrazada de cortesía-, qué gusto
nzó a martillar en sus sienes al acercarse a su escritorio y extender la mano. Quizá fue el modo en que esos
ó. Fue un contacto breve, insignificante en cualquier otra circunstancia.
capar de alguien
d de su mirada. Un escalofrío recorrió su espalda, pero se obligó a mantener la compostura. No era una mujer fáci
e no era un cli
de los suyos-. Probablemente, me ve como un monstruo. Un hombre capaz de to
istoria, esa misma actitud, de tantos criminales en su carrera. Siempre era lo mismo: un hombre que se presentaba como víct
lmente, decidida a cortar la conversación antes
justo donde ella estaba. El gesto, aunque simple, le transmitió un mensaje claro: el poder que él tenía sobre ella no se limitaba a este
prete, señorita Navarro. No estoy buscando un abogado común. Estoy buscando a alg
ladora, ya había comenzado a analizar cada palabra, cada movimiento, cada gesto. Lo que acababa de
cruce líneas, señor Vita
en su asiento,
llena de una certeza que la des
se mencionaba su nombre en informes policiales que nunca llegaban a ninguna parte. Se le acusaba de muchas cos
dispuesta a llegar para ganar? -preguntó con
rategias, probabilidades, costos. Pero él no. Con esa simple pregunta
nto, su destin
entía el peso de su
nte, su teléfono vibró sobre la mesa. Un mens
ale. Una vez que entras e
departamento, sintiendo por primera vez que la