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Cuenta la historia de Eva, una mujer que sale de la cárcel tras cumplir una condena de 20 años por un delicuenta la historia de Eva, una mujer que sale de la cárcel tras cumplir una condena de 20 años por un delito que no cometió. Su objetivo es recuperar a su hija Aurora, a quienes su padre les hizo creer que está muerta.
La noche en Guarenas era un espejo quebrado de luces y sombras. Los postes de luz luchaban contra una oscuridad que parecía viva, invadiendo los rincones de callejones olvidados. Eva González apretó los dientes mientras caminaba a paso firme, su silueta recortada contra los destellos del faro de un auto que se alejaba rugiendo en la distancia. En su mano derecha, un anillo rodaba entre sus dedos, un recuerdo y una promesa al mismo tiempo.
Habían pasado cinco años desde aquella noche, la noche que le arrebató todo: su familia, su futuro y hasta su nombre. Ahora, la gente la conocía como "La Doña," una mujer que había renacido del lodo, hecha de acero y veneno. Pero no había renacido para olvidar, sino para vengarse.
El recuerdo de Vicente Salcedo era una espina y una llama al mismo tiempo. Había conocido a Vicente en los campos de su humilde aldea, cuando él había llegado para supervisar las tierras que su acaudalada familia poseía. Mientras ella recogía las cosechas bajo el sol abrasador, él la había mirado con una curiosidad que rápidamente se convirtió en algo más. Vicente, con su sonrisa fácil y su porte elegante, era el tipo de hombre que no debería haberse fijado en una campesina. Pero lo hizo, y lo que comenzó como miradas furtivas pronto se transformó en noches secretas bajo el cielo tachonado de estrellas.
Eva había creído en su amor, en sus promesas de un futuro juntos. Pero la familia de Vicente, los Salcedo, no compartía su visión. Para ellos, Eva era una mancha en su linaje, una intrusa que nunca sería bienvenida en su mundo de privilegios y poder. Fue entonces cuando tramaron su ruina, utilizando cada recurso a su disposición para apartarla de su hijo. Y lo lograron.
La mansión de los Salcedo se alzaba en la cima de la colina como una corona podrida, y desde allí, la mujer que la había destruido gobernaba su imperio con puño de hierro. Eva había esperado pacientemente, tejió una red de aliados y traidores, cada movimiento calculado como una pieza en su tablero de ajedrez personal. Pero la sombra de Vicente nunca la había abandonado. ¿Había sido parte del plan de su familia o simplemente un hombre débil incapaz de protegerla?
El viento de la noche trajo consigo un olor familiar: gardenias. Era el mismo perfume que llevaba la esposa de Salcedo el día en que firmó su sentencia. Eva dejó escapar una risa amarga mientras colocaba el anillo en su dedo, un símbolo de lo que una vez fue y de lo que ahora debía destruir.
Desde una esquina de la calle, una figura emergió de las sombras, un hombre con una cicatriz que le cruzaba el rostro. Lorenzo, su único confidente, asintió con la cabeza.
-Todo está listo, Eva. Esta noche damos el primer golpe.
Eva miró una última vez hacia la mansión de los Salcedo, su mente dividida entre los recuerdos de amor y el odio que la mantenía de pie.
-Entonces comencemos -dijo Eva, su voz tan afilada como el cuchillo que llevaba escondido bajo su abrigo.
La oscuridad no era su enemiga; era su aliada, y esa noche, la justicia no sería ciega, sino despiadada.
Sin embargo, Eva, se calmaba un poco en lo que vio Vicente Salcedo hablando defendiendo a Eva de su familia. De pronto, Eva se retiraba del lugar con Vicente, un poco agitada lo que se acaba de ocurrir.
-No, debiste enfrentar a tus familias- dijo Eva disgustada.
-No pude, dejar que te humillaran. De esa manera Eva- dijo Vicente.
-Ok, te lo agradezco. Pero no lo ví necesario Vicente- dijo Eva.
-Si, supiera porque hago todo esto. Pero no es el momento de pensar está cosas- dijo Vicente.
-Yo, podré ser pobre. Pero tan imbécil no soy Vicente- dijo Eva mirándolo a los ojos.
-No pasa nada- dijo Vicente.
-Ah, bueno. Adiós, me tengo que ir- dijo Eva.
Eva se alejó caminando con pasos firmes, pero su interior estaba revuelto. Cada palabra de Vicente se repetía en su mente como un eco. Sentía rabia, pero también algo que no quería admitir: una inquietante curiosidad por sus verdaderas intenciones.
Vicente, por su parte, se quedó de pie en la puerta, viéndola desaparecer entre las sombras de la noche. Su mente era un torbellino. Quería explicarse, quería que Eva supiera por qué había saltado en su defensa. Pero no era el momento. No todavía.
Al cruzar la esquina, Eva se detuvo un momento para recuperar el aliento. Su corazón latía con fuerza. Algo en Vicente la descolocaba, como si hubiera más detrás de sus palabras de lo que él dejaba entrever. Con una mezcla de exasperación y confusión, susurró para sí misma:
-¿Qué escondes, Vicente? ¿Por qué te importa tanto?
El sonido de unos pasos detrás de ella interrumpió sus pensamientos. Eva giró rápidamente, lista para enfrentarse al desconocido. Pero era Vicente, quien ahora estaba ahí, con una mirada decidida en el rostro.
-Eva, no puedo dejarte ir así -dijo con voz firme-. Hay algo que necesito decirte.
Eva levantó una ceja, cruzándose de brazos. -¿Y qué es tan importante como para seguirme? ¿Otra excusa?
Vicente tomó aire profundamente, como si estuviera a punto de confesar su amor hacia Eva. -No es una excusa. Es la verdad, y ya no puedo seguir callándola.
Eva un poco confundida, mordiéndose los labios.-¿Ah, dígame lo que me va a decir sin misterios- dijo Eva con claridad.
-Ok, Eva. Tu me gusta no se que me pasa cuando estoy contigo- dijo Vicente un poco nervioso.
-Creo que siento lo mismos- dijo Eva queriendo besarlo.
-Eso, significa que podemos estar juntos. No piense de mi familia vivamos los nuestros- dijo Vicente como sino le importará lo que digan sus familias.
-Esta bien-dijo Eva con voz firme.
Sin embargo, Teresa la madre de Vicente citaba en el hotel Humboldt. Un prestigioso hotel a Nancy la ex prometida de su hijo Vicente, por otro lado, la tías gloria y Erika también se encontraba en el lugar.
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